Saturday, 9 November 2013

El broche

Depositó los cubiertos sobre la mesa. El plato rebosante de pastel de carne había desaparecido en el interior de su estómago. Le había enseñado a preparar la receta su amiga de Lancaster, Annie, una joven maestra de literatura aficionada a la cría de pájaros. Su recién publicado libro, El éxtasis de la generación del 27, con cubierta amarilla y gruesas letras impresas negras, apartado a un lado de la mesa de la cocina, sobre el mantel de cuadros, aún conservaba el plástico. Lo primero era fregar y adecentar la cocina. Después, tumbarse con el libro en el jardín. Mientras frotaba los cacharros, recordaba la atmósfera de adulación y soberbia del departamento de español. Había resultado duro traer este libro a buen término, ella sola, pero al fin el esfuerzo había merecido la pena y ahora ya no tenía sentido prolongar su asociación con la universidad. Había elegido regresar a esta vieja casa llena de libros y cachivaches que le habían cedido sus abuelos y en la que Pedro la esperaba.

Junto a Annie, con la que había compartido una sencilla casa de dos pisos en la ciudad y con un jardín minúsculo lleno de jaulas de pájaros, había ideado el juego del anaglifo inglés. Se trataba de, al modo de los poetas españoles de aquel tiempo que se ocupaba en estudiar, inventar asociaciones insólitas de tres palabras, pero en inglés, la segunda de las cuales debía ser invariablemente hen. The drawbridge, the hen and… the potato! Así había aprendido algunos vocablos ingleses curiosos, como cubby-hole y foothill. Annie era una mujer joven, alta y desgarbada, con una melena castaña indomable y una nariz respingona de lo más simpática. Era muy eficiente tanto en sus clases como con las tareas de la casa, pero solía arrastrarse por los pasillos sosteniendo una taza de café con su huesuda mano y los ojos desorbitados por la falta de sueño. Además de enseñar ayudaba a sus padres en su pub de vez en cuando, y los ratos que le quedaban libres tras preparar las clases y corregir los ejercicios de sus alumnos los pasaba entre sus pájaros en el jardín o en un pequeño cuarto sin ventanas en el que se dedicaba a construir jaulas de bambú. Las que no utilizaba para sus crías las vendía en la red a otros complacidos amantes de las aves, y alguna vez le había llegado algún pedido de algún lugar disparatado por lo, para ella, exótico, como Madagascar o Perú.

Pero aquellos días grises en los que había escrito y leído denodadamente bajo la luz mortecina de Lancaster que se filtraba a través del ventanal de su dormitorio se habían ido, y el fruto de aquel tiempo, este libro, su pequeño tesoro de papel, reflejaba ahora con entusiasmo los rayos seguros del sol de esta primavera gallega de Cervás, como si aquel grupo de poetas bruñidos por el sol que soñaban con una Andalucía gongorina no se hubiesen propuesto nunca abandonar el país cuya luz, más resonante que la de Albion, les era natural.

Cuando hubo dejado su plato, los cubiertos, el vaso y los diversos utensilios que había utilizado en la elaboración del plato sobre el escurridor, conteniendo el refulgente brillo del sol en cada gota, se secó las manos en el mandil y luego se lo sacó cuidadosamente y lo colgó de un gancho en la pared. Al pasar junto al frutero cogió una manzana roja al azar con una mano, y con la otra asió el libro y con esa ligera carga se dirigió con un aire grácil hacia la doble puerta acristalada, abierta de par en par, que comunicaba con el jardín anterior, sus sandalias desabrochadas resonando al contacto de las losas de terracota.

El aire cálido que bañaba la hierba y las hojas todas de los árboles se depositó sobre su piel. Llevaba un vestido veraniego estampado con diminutos cuadraditos azules y blancos, con mangas abombadas y unos bordados en fino hilo azul en torno al escote.

La silla plegable de madera estaba casi al fondo del jardín, bajo los frutales. La cubría una mantita calada de gran colorido que había calcetado con Camila en su tienda Contrapunto, una reducida habitación de piedra al final de una calle angosta en la que se vendían lanas y telas para hacer quilts de patchwork. Mientras mordisqueaba la manzana fue pasando cuidadosamente las páginas de su libro, atenta a posibles errores de impresión. El grosor y la rugosidad de las hojas en esta edición de tapa dura le parecieron muy agradables al tacto, y el tono levemente amarillento del papel invitaba a la lectura tranquila. La relación con el supervisor de su investigación había dejado bastante que desear desde un principio, pero lejos de desalentarse, Rosa había contactado con dos o tres hispanistas que trabajaban en diversas universidades británicas, y al fin una vivaracha profesora irlandesa de una universidad londinense había accedido a discutir el tema de su investigación en la cafetería del campus. Tras un viaje en tren no muy largo, Rosa se había encontrado con una eficiente y simpática mujer que debía acercarse a los cuarenta, con los ojos chispeantes y largos rizos del color de las avellanas. La recibió, en su despacho, donde los libros se apilaban en todas las esquinas y sobre pequeñas mesas y taburetes, e incluso algunos yacían desperdigados sobre un coqueto sofá rosa de dos plazas.

–Necesitamos espacio – había exclamado Lynn con un guiño mientras se envolvía en una gastada capa gris, y la había conducido a la zona de reuniones de los estudiantes, donde en poco más de media hora, mientras se tragaban un típicamente aguado café inglés y un bollo, Rosa había llegado a dilucidar la base teórica desde la cual tomaría rumbo su investigación. Y sin embargo era el nombre de su siempre excesivamente ocupado supervisor de Lancaster el que había tenido que incluir en su nota biográfica. No siempre firman los trabajos aquellos que han tenido un papel más relevante en llevarlos a buen término.

Se perdió en una referencia al Cancionero musical de Barbieri y los ojos comenzaron a entornársele. Sentía un leve ardor reconfortante que se extendía hasta las yemas de sus dedos. Era como estar encendida por dentro, aquel dejarse caer en una de las primeras tardes verdaderamente sofocantes del año.

Cuando se dormía casi nunca soñaba nada, y así se dejó estar, inerte, ni en este mundo ni en el de más allá, durante una fracción de tiempo que se le hizo imposible determinar, hasta que la despertaron los excitados ladridos de la perrita de su vecina, una cocker spaniel marrón a la que al parecer Camila estaba salpicando con una manguera.

–¡Chata, no te me vayas! ¡Mira cómo te mojo!

Camila era una hermosa joven madrileña de veintidós años – su cabello rojo y rizado y sus numerosas pecas la hacían parecer extranjera – que había llegado a Ares atraída por la belleza de la comarca y con la intención de mudarse y abrir un negocio de punto, su pasión – en Ares no había ninguno. Pero había preferido fijar su morada allí en la parte alta de Cervás, y Rosa le había alquilado la casita roja que era contigua a la suya y que, al morir su tía abuela Rita sin descendencia, había quedado para ella.

La casa original, y la más grande, lo era la suya, la casona verde, que se había construido en tiempos de sus tatarabuelos. El hijo de ellos, su bisabuelo Tomás, que fue un importante empleado de Correos en la vecina villa de Mugardos, hizo construir la casita roja, contigua y más pequeña, para dársela a la menor de sus hijas, Rita, quien nunca se casó, prefiriendo vivir de su trabajo bordando mantelerías, que tenía mucha fama. Mientras la casa verde era proporcionada y regular, la casita roja era toda ella un reto a la imaginación, que se acentuaba por el hecho de que el terreno sobre el que se asentaba sufriese una marcada inclinación. Así, podía accederse al piso de arriba subiendo a pie hasta la parte de atrás, rodeando la casa por la empinada cuesta que la abrazaba con la efusión de un amante telúrico, pues podía decirse que la colina misma se tragaba a la casita roja. El piso bajo constaba de una reducida cocina que parecía de juguete, cuyas lacenas estaban pintadas de color rosa, mientras que la cocina de fogones y las paredes eran azul claro y la mesa y las cuatro sillas de un verde pálido. Había un pequeño baño con ducha contiguo, y una oscura escalera conducía a las tres únicas habitaciones del piso superior: la alcoba, una sala con un banco, un sillón y un aparato de televisión y, mirando hacia el huerto trasero, un misterioso cuarto que hacía las delicias de los niños porque en él se almacenaban los baúles llenos con las extravagantes prendas que Camila se confeccionaba para sí misma – no compraba apenas ropa comercial – además de ovillos sueltos de lana de todos los colores y telas con los más originales y exóticos estampados.

La despertaron de su letargo unas voces infantiles, dulces y resonantes, que se alzaban entre el susurro de las hojas y el piar distante de los pájaros, desde el camino que recorría la parte trasera de la casa.

–Mamá, me aprieta la sandalia.

La voz de Clara, la hija mayor de Virginia, que llevaba la pequeña tienda de comestibles de la aldea, se trasladó con infantil arrojo a través de los árboles y por encima de la casa. De un salto, Rosa se incorporó de su silla y se echó a correr con saltos cortos hacia el camino.

Clara se volvía con un gesto de dolor hacia su madre. Llevaba el pelo trigueño recogido en dos flojas trenzas. Al tiempo, la pequeña Isabel, de quince meses, en los brazos de Virginia, emitía un gritito agudo. Ma, maa… Clara continuó mordisqueando un albaricoque, cuya piel está ensombrecida por algunas magulladuras, con un mohín. Con la mano sujetaba descuidadamente una larga rama como si fuese una espada.

Virginia Santos apareció detrás de uno de los frutales con el bebé, caminaba arrastrando los pies y con un dedo se ladeó el sombrero de paja adornado con un llamativo lazo verde. Una leve brisa hizo caer dos hojas del níspero sobre su vestido.

–Nos alegra verte – dijo Virginia sin perder de vista a Claudia, que inspeccionaba atentamente su vara. Ha insistido en que diésemos un paseo antes de la cena. Además, quería verte para felicitarte por tu libro.
–¿Es cierto que os vais de Cervás? – Rosa dejó caer la pregunta con un profundo suspiro. Si el pueblo realmente se iba a morir, entonces ella tenía que quedarse allí para atestiguar su clausura. Al tiempo, los rayos de la tarde se empezaban a estirar en el horizonte. Los campos hacia el sur exponían su panza redonda para que la dorase el sol. Claudia se entretenía arrancando hojas verdes de los arbustos. Rosa pensó que a la gente no le gustaba leer libros sobre poesía.

En estos días no hay tiempo para el sentimiento. Nos alimentamos de historias, no de pensamientos. Libros, cuentos, cuchicheos… también las noticias que aparecen en los informativos son narraciones. Entran en la imaginación popular con la fuerza del espanto, dejan una marca intangible y tan pronto como han venido se van, dejando apenas rastro, plantando una desazón. Vivir aquí en el pueblo es más una poesía que una novela. Ahora, la familia Santos abandonará todo esto. Se trasladarán a la ciudad, a un sobrio apartamento, y empezarán a sucederse los acontecimientos. Sus vidas adquirirán un rumbo. Mientras que aquí, en esta casa a espaldas del mundo todo es un reflejo de otra cosa.

–Echaremos el pueblo de menos, pero las niñas empiezan el colegio en Ferrol este curso – los ojos de Amelia se exaltan, conteniendo la emoción – cerraremos la casa en invierno pero la abriremos en verano. No nos iremos del todo.

La puerta trasera de la casita roja se abrió por completo en aquel instante y Camila, risueña, impresionante como siempre, ataviada de verde con un vestido que le llegaba hasta las rodillas, los hombros pecosos cubiertos con un chal color vino sujeto por un broche, las manos enharinadas, surgiendo toda ella vaporosamente de entre las notas de una sinfonía de Schumann que se desprendían del interior, comenzó a descender los diminutos escalones de madera oscura que llegaban desde la parte posterior de su casa hasta el camino.

–¡Qué hermosas están las niñas! – la perrita comenzó a seguirla escaleras abajo agitando excitadamente la colita.
Clara gritaba el nombre de Camila alborozada. Rosa se aclaró la garganta.
–¿Preparabas una tarta?
–Solamente un bizcocho de nata para el desayuno–. Con una amplia sonrisa pellizcó el moflete de la pequeña Isabel.
–Tienes que traernos más tartas tartas de arándanos– dijo Virginia. –Ya sabes que siempre se nos acaba en la tienda–.

El pueblo de Cervás se había aficionado con desmesura a la tarta de arándanos de Camila. Los arándanos los cultivaba ella misma en su huerta, junto con algunas frambuesas.

–Mañana pongo tres al horno–. La cocina de Camila, una cocina rústica inglesa modelo Aga, tenía cuatro hornos. –Los arándanos se han dado muy bien este año y ya tengo algunas bolsas en el congelador–. Se volvió a Clara. –¿Contenta de empezar en el nuevo colegio?
–¿Ese broche que llevas lo hizo papá?– preguntó la niña a su vez. No le gustaba pensar en el colegio.

Camila se palpó el broche levemente con el índice de su mano izquierda. Manuel Arenas, el joyero de Ares, un hombre delgado y barbudo que siempre vestía de negro, había pretendido confeccionar un collar con dos colgantes idénticos, dos sirenas. Pero, al descubrir Camila su trabajo, le había convencido de que abandonase su plan y transformase los medallones en sendos broches exactamente iguales. Los compró y regaló uno de ellos a Rosa, que había guardado el suyo en su mesita de noche y aún no lo había estrenado. Así estarían hermanadas, ésta había sido la intención de Camila, agradecida por la amistad de Rosa, por los tres años que le había hecho posible vivir bajo alquiler en la peculiar casita roja.

–Tu papá hizo este broche, y uno igual para Rosa. Me lo he puesto hoy porque al levantarme vi que los pájaros daban saltitos entre la hierba bajo el sol, y sentí desde entonces que el día de hoy prometía algo importante. Que algo grave y hermoso iba a ocurrir, y que necesitaba estar adecuadamente ataviada para ello.

Camila era prácticamente una recién llegada, en efecto. Su natural extravagancia, su coqueta alegría y su manera de vestir y lucirse colina arriba y abajo por los caminos de Cervás la hacían asemejarse a una mariquita posada sobre una hoja. Otorgaba la nota de estridente color, su diferencia, al verde paisaje que le servía de decorado. Su abundante cabellera de rizos rojos era ya de por sí un reclamo: los pájaros en el cielo, los gatos vagabundos y hasta los pequeños insectos seguían sus movimientos por las laderas de Cervás y sus contornos. Frecuentemente caminaba, otras veces se desplazaba en bici o en su furgoneta, esto último cuando iba a Ares o a Ferrol, de compras, o cuando necesitaba traerse materiales superfluos de su tienda a su casita roja.

Camila hablaba y jugaba con las niñas y Rosa contempló su broche. Se sentía culpable porque nunca aún había lucido aquel regalo tan especial de Camila. ¿Por qué ésta se lo había puesto hoy? ¿Había algún motivo además de esa corazonada mañanera de que había hablado? Lo cierto es que Rosa se había dejado el suyo medio abandonado, envuelto en un fino paño azul, en el fondo de su cajón. Se fijó en el broche de Camila porque hacía tiempo que no había desenvuelto el suyo para contemplarlo, de hecho casi había olvidado su existencia. La sirena estaba desnuda de la cabeza a la pantorrilla, donde el cuerpo dorado se convertía en una cola de escamas hecha con esmalte turquesa – sereno como la superficie de una playa mediterránea – y cristal azul intenso, profundo como el fondo de un océano revuelto.

El cabello, también de oro, aparecía ondulado y extendido en torno al rostro en un círculo perfecto. La sirena del broche de Camila, como la suya, parecía yacer dormida. En realidad no están muertas, son ciegas. Pero ellas no lo sabían, Camila y Rosa. Consideraban que sus sirenas dormían. Los finos brazos, pegados al cuerpo, se convierten en sendas alas enormes, también, como la cola, azules como todos los mares y todos los océanos.

Tras devolver a la pequeña Isabel, que gorjeaba feliz, a brazos de su madre, Camila tomó aire, llenando sus pulmones. Una mariposa se posó en una flor, a su lado. Virginia se dirigió a Camila.

–Ayer enviamos el medallón de la dama del bosque a tu amigo George, a su casa de Inglaterra. Manuel lo considera su obra maestra. George insistió tanto en que debía tenerlo que antes de irse cerraron el trato.

El medallón de la dama del bosque. A Rosa se le erizó la piel. Ella conocía su historia quizás mejor que la de su propio broche, el de la sirena durmiente, el que le había regalado Camila y que nunca se ponía. ¿Por qué lo había comprado George? Intuyó que George tenía que haber insistido mucho, o realizado una suculenta oferta, para que Manuel hubiese cedido, pues conocía la carga emocional que aquel medallón, su “gran obra,” acarreaba para Manuel.

Rosa se sentía incapaz de mirar a Camila a los ojos. Se sentía avergonzada por haber olvidado el broche en el cajón todo este tiempo, por no haberlo lucido ni una vez en todos los meses que habían transcurrido desde que ella se lo había regalado. Por otro lado le parecía un misterio que Camila se lo hubiese puesto hoy. ¿Cuál iba a ser aquel acontecimiento, entre grave y hermoso, que ella había intuido? ¿Pretendía Camila decirle algo a ella con este gesto? ¿Quizás reprocharle lo que, en efecto, no dejaba de ser cierto, que se había olvidado, prácticamente, del broche que las hermanaba? ¿Que ni siquiera estaba segura de que el broche siguiese allí, en el fondo del cajón de su mesilla de noche, entre los pañuelos de seda de colores, algunos caramelos y los collares de perlas cultivadas, algunos con las perlas coloreadas, como había sido la moda en Inglaterra en los años en que estudió y trabajó allí?

Se quedó callada, sumida en un profundo silencio, y se sintió de repente muy avergonzada, un punto de rubor le asaltó a las mejillas, la mente la tenía fija en una idea que la atormentaba, como a veces le ocurría, con gran inconveniente para ella, en determinadas ocasiones sociales, especialmente si algo sucedía de manera diferente a como lo habría anticipado y la dejaba sorprendida, contrariada, con ganas de que se la tragase la tierra, de desaparecer, de correr a su dormitorio y ocultarse bajo el cobertor.

Por suerte, la conversación se había desplazado al medallón de la dama del bosque, ya no hablaban las niñas de la sirena muerta. Ya era sólo ella la que no podía apartar la vista de aquellos ojos cerrados, ese cuerpo desnudo, el cabello revuelto, las alas recogidas con contención. Tenía que haber una razón por la que Camila le había regalado un medallón tan esotérico, que las hermanaba en una muerte acuática, marina. Pero ni cuando se lo regaló ni mucho menos en este momento en el que la confusión le atenazaba los sentidos, había sido capaz de dilucidarlo.
–George… –gritó Clara. –George no lo sabe, pero papá construyó el medallón de la dama del bosque con unas piedras mágicas que traen mala suerte.

Su madre Virginia, que le sujetaba una mano mientras con la otra sostenía al bebé, la reprendió suavemente.
–Papá no utiliza piedras mágicas. Las piedras mágicas no existen, y menos las que traen mala suerte. Todas las piedras son buenas, vienen de la naturaleza.
–¡Sí! ¡Me lo dijo a mí!– gritó la niña. –¡Son las piedras con las que hizo los árboles!
–Creo que es mejor que nos vayamos– dijo Virginia secamente. –Las niñas tienen sueño. Necesitan darse un baño y cenar.

Tras despedirse con cierta efusión de Camila y Rosa, Virginia y sus dos hijas desaparecieron camino abajo hacia la plaza del pueblo, donde tenían su casa, un piso de cinco habitaciones sobre la tienda.

En ese momento la perrilla gruñó y comenzó a mordisquearle a Camila los tobillos, y ésta recordó que se había dejado el bizcocho en el horno. Musitando una despedida rápida y haciéndole un guiño a Rosa, Camila voló escaleras arriba posando sus pies casi imperceptiblemente en los pequeños peldaños, seguida por los ladridos excitados de Charito.

Rosa se quedó sola allí al pie del camino. Cerró los ojos un momento y dejó que la penetrara el siseo de las hojas de los árboles. Sintiéndose un poco más tranquila y distendida, volvió sobre sus pasos al jardín delantero de la casa, que en realidad quedaba a un lado de la carretera.

Se introdujo en la cocina para prepararse una taza de té. Era plena tarde y el sol brillaba cálido. Se le habían enrojecido los brazos desnudos y los pómulos mientras hablaba con las chicas junto al camino.
Levantó la tapa de la tetera y comprobó que ésta estaba vacía. Comenzaba a sonar el concierto en re mayor de Stravinsky, el dulce vaivén del violín que precede a la aparición de la orquesta, y le reconfortó ver que reinaba un cierto orden en la estancia. El fregadero reflejaba la luz de la tarde, reluciente. Junto a él, en la encimera, un par de cebolletas se apilaban una sobre la otra dentro de un frasco de cristal. De un vaso sobresalían unas hojas de hinojo. Los platos yacían alineados en sus rejillas, las tazas y los vasos reposaban tras las vitrinas del armario.

Rellenó el hervidor con agua y presionó suavemente el interruptor. Levantó bruscamente la mirada y la dirigió al jardín – una leve brisa transportaba el perfume de los ranúnculos por la puerta abierta de par en par –, y luego más allá, sobrepasando el vuelo de los estorninos, hacia el nacimiento del bosque. El corazón le dio un vuelco al embargarle el recuerdo de aquel anochecer en que regresó de Lancaster y salió al encuentro de Pedro en el bosque, siguiendo el rastro de unas fresas silvestres. Si al menos yo pudiera recuperar aquella punzada de nostalgia por lo por vivir…

Sus ojos descansaron, abstraídos, posándose en las ondulantes tiznas de sol que bañaban la hierba. Más allá, desde lo alto, lo más profundo del bosque se agitaba quejosamente emitiendo un murmullo animal que se le hizo familiar inmediatamente. Nosotros somos lo que ves ahí fuera, ésas habían sido sus palabras. Cuando se trasladaron a la casa verde, al principio le atemorizaba la cercanía del bosque. Pedro la ayudó a ser valiente. Le hizo ver que el bosque podía ser, para ella, lo que ella quisiera hacer de él. Su compañero, que por las mañanas le acercaba el rumor de vida que transportaban las aves madrugadoras, por el día la invitaba a internarse en largos paseos y por la noche la mecía en su sueño plácido con el sibilante tremor de las copas de sus árboles que se colaba por el ventanal del dormitorio que compartían. Rosa había empezado a comprender que ella podía hacer que el bosque se adaptase a sus necesidades.

Se acordó de aquellas mañanas, al comienzo de su regreso, en que creyó que el tiempo atmosférico de Cervás respondía a su estado de ánimo y predecía acontecimientos personales en su vida. Una mañana encapotada en la que corría una ligera brisa la persuadía de abrir el ventanuco del estudio y ponerse a escribir. Atrás, en el invierno, cuando el viento se arremolinaba vengativo en el jardín podía anticipar que llegaría uno de esos correos que escribía Pedro con los nervios de punta para ventar sus agravios con el personal del departamento de la universidad del sur a la que había sido invitado por dos trimestres. Y lo cierto era que cuando no era así, cuando quería sol y paseos y el día se empecinaba en mantenerse gris, aunque cálido, como sugiriendo que encerraba la promesa de algo mejor que iba a resistirse en otorgar... Pues en esos días se sentía profundamente contrariada, y no era raro que antes de la hora de cenar hubiese perdido los nervios respecto a cualquier nimiedad, como que la leche quemada se pegase al cazo o que por enésima vez su gata persa crease un desbarajuste entre sus papeles.

La despertó de su ensoñación el silbido del hervidor. El agua ya bullía. Volvió la vista al reloj redondo que colgaba de la pared. Lo compraron en una mueblería escandinava y ella insistió en que debía tener los números romanos, por lo que se quedaron con un modelo en el que la numeración, en negro, se destacaba sobre un fondo del color de un pergamino antiguo, enmarcada toda esta estructura en un círculo de cristal transparente verde. Comprobó que eran las 16:30. Pronto llegará Pedro.

Reprimió un levísimo temblor al pensar en la alegría que le supondría mostrarle a Pedro el libro. Se sentía exultante. Del aparador sacó dos bolsitas de té negro y las dejó caer junto a unas gotitas de leche y dos terrones de azúcar en la oronda tetera. Dispuso una taza y un platito sobre una bandeja y cruzó el fresco pasillo hacia la salita vecina para sentarse un rato mientras se hacía el té. Dejando la bandeja sobre una mesa lateral, se dirigió a la ventana que daba a la verja de la entrada y corrió las cortinas azules completamente. Bajo el raudal de luz que iluminó la estancia, descubrió a la gata durmiendo su siesta agazapada bajo la mesa. Sobre un brazo del sofá bermellón, algo arrugado, reposaba el periódico del día. El dibujo del rostro de Pedro con el ceño ligeramente fruncido se destacaba en la parte superior de su columna semanal. Se recostó sobre los cojines y dejó caer las sandalias sobre la mullida alfombra.

Empezó a beber pequeños sorbitos de té mientras se disponía a leer el artículo con parsimonia. Como ya había imaginado, la mención de la subasta para recabar fondos para el hospital se intercalaba con una serie de comentarios cáusticos sobre los poderes del gobierno regional. Le vinieron a la cabeza aquellas frases que Pedro repetía cuando primero supo de su existencia en la primavera de 2013… esta marea humana se alza a favor de la equidad… despejemos el horizonte que lleva a tantos jóvenes al pan y a la libertad… La gata profirió un silbidito ronco.

Me parece estar viéndolo… El tenía cuarenta años entonces y cierto aire de poeta trasnochado y ella dieciséis. Comenzó a aparecer en los medios de comunicación con motivo de la protesta contra la Ley de Educación. Varios profesores universitarios se habían unido para escribir un manifiesto y Pedro se erigió en su portavoz. Indagó sobre él y pronto supo que escribía, tenía dos novelitas de temática social en su haber. Su imagen desafiante, fuerte, su ancha espalda que parecía podría soportar un mundo, además de la sensibilidad que dejaba traslucir la melancolía algo inquieta de sus ojos la conmovieron. Sintió en aquel entonces, ella y muchos otros estudiantes, y sobre todo después, cuando se convirtió en su alumna en la universidad, que hablaba por todos ellos. Su murmullo heroico, pues siempre tuvo un hablar que surgía como entre suspiros, comenzó a hacérsele familiar a toda la gente de la ciudad. Pronto pareció impensable no interpretar cada acontecimiento bajo el halo de su prisma. La opinión pública se convirtió en una fiera que no se resistía a ser amaestrada. Los estudiantes sobre todo, pero también algunos mayores, aquellos que en su juventud habían fracasado en su intento de cambiarlo todo, se dejaban someter de buen grado al influjo de su personalidad.

Cogió la taza y se la llevó hacia el escritorio improvisado de la estancia, una mesita que habían empujado contra la pared y mostraba cierto desorden. Allí se encontraban algunos papeles y bolígrafos, el iPad, un retrato de sus padres, y, en una esquina, una planta de albahaca. En la pared, a cierta altura sobre la mesa, había colgado un cuadro por el que sentía cierta predilección. Se trataba del retrato de espaldas de una mujer morena, que aparecía levemente inclinada sobre un balcón de hierro forjado negro que daba al mar, con la vista aparentemente perdida en el horizonte marino. El cielo y el mar y el propio atuendo de la mujer exhibían toda la gama de los colores del azul, desde el blanco al púrpura. El cabello ondulado y revuelto, negro, que sobresalía de una pamela pajiza, parecía reproducir las misteriosas profundidades marinas. El cielo no contenía ni una nube, pero la sugerencia de una pertinaz niebla había tamizado su tonalidad hasta hacerlo parecer de color violeta, como las ropas de la mujer. Todo era el mar, y todo era el cielo, y, sobre todo, todo era la mujer. ¿Se trataría de ella misma o se trataría de una amiga, la mejor, la que siempre había deseado tener y que la aguardaba, posada sobre un mismo balcón, contemplando un mismo mar solitario?

Cuando llegaba de la cocina con una taza de leche fría, en primavera, y contemplaba el cuadro de camino a la silla, le gustaba fantasear en qué mujer se habría convertido si hubiese crecido junto a aquella otra orilla, la orilla de un mar diferente, distinto a su océano estrepitoso y profundo, un mar quizás como el que había conocido Pedro durante su estancia en aquella universidad de provincias en la otra punta del país. Cuando oscurecía solía dejar sólo la luz de la lámpara de lectura prendida, y en esas ocasiones, cuando alzaba la vista al cuadro parecía que allí también había caído la noche y que el mar se revolvía ocultando algo tétrico e inimaginable. Quizás aquello era lo que la mujer pretendía encontrar fruto de su perentoria vigilancia.

Ella no esperaba realmente que Pedro sancionase su libro. Había sido el fruto de un esfuerzo propio. Cuando estuvo en la Universidad de Lancaster se desligó de todo lo que Pedro le había enseñado. Es como si hubiese descubierto, aislada en la ardua tarea de investigación, que allí se encontraba un hilo que la conectaba con un recóndito recoveco de su sentimiento estético, un lugar anterior a Pedro y a la universidad, el sitio del que había surgido su primera relación con las palabras. En un principio le había supuesto un gran esfuerzo lidiar con el torrente de posibilidades conceptuales y expresivas que se le presentaban. Había una fuerza atroz y arrolladora en las ideas que surgían por doquier y que intentaba reducir a una plasmación escrita más o menos coherente. Luego, después de algún sufrimiento, su manera de entender el objeto de su estudio adquirió forma y las palabras comenzaron a obedecer a los conceptos con asombrosa ductilidad.

El té negro con leche estaba ya templado y dio dos grandes sorbos. Cruzó las piernas y se dejó pasar la mano levemente por el pelo mientras sacudía ligeramente la cabeza. Hacía mucho tiempo que Pedro no hablaba de poesía en sus columnas. De hecho ya no la escribía y apenas la leía. La había abandonado para concentrarse en sus novelas y en sus clases. Los poemas de Pedro, cuando alguna vez ojeaba alguno furtivamente, pues sabía que a él no le gustaba que ella hiciera eso, la invitaban a figurarse a un Pedro joven al que nunca llegó a conocer, un chico en los albores de la vida adulta, entusiasmado ante la posibilidad de cambiar al mundo… sin necesidad de cambiarse a sí mismo. Pedro había trasladado todos sus libros de poemas, así como algunas de sus lecturas favoritas de juventud, novelas de Thomas Hardy y de Miguel Delibes, al desván, y allí dormían aquellos libros una siesta eterna entre el fuerte aroma que provenía de los arcones de manzanas, hasta que, alguna vez, a Rosa se le daba por acercarse por allí, soplar el polvo depositado sobre alguna cubierta, y abrir una página al azar. En aquellos momentos de íntimo secreto, acuclillada en el desván, con un vestido y un mandil, repasando algún viejo poema mientras el sofrito se hacía en la cocina, sentía una inusitada felicidad, amaba el hecho de que aquel fuera su hogar, el hogar que compartía con Pedro. Por siempre. Y sin embargo, había algo que no era válido, pero no podía señalar el qué.

El silencio había caído pesadamente en toda la casa. La gata dormía en un círculo de sol bajo la ventana. Fuera el sol continuaba su marcha intermitente, brillando aún con fuerza, hacia el ocaso de la tarde. El libro olvidado, medio cubierto por la manta de punto sobre la silla, se había quedado abierto por la última página que había consultado antes de oír las voces de Virginia y sus hijas en el camino de atrás.

No oyó llegar el coche de Pedro, ni siquiera se percató de cuándo subió las escaleras, ni sintió sus pasos, habitualmente pesados, al presionar las viejas tablas de madera del piso superior. Pero la puerta de su estudio se golpeó tras de él, quizás había cogido una corriente, y acto seguido sonó algo bajita la música de Johnny Cash desde aquella parte de la casa.

Se incorporó con un pequeño brinco y se dirigió al pasillo. Al borde de las escaleras, junto a la puerta, dejó las sandalias y se calzó sus zapatillas. Había decidido subir a echarse un rato. El dormitorio que compartían Pedro y ella era el primero que se encontraba al subir las escaleras. Tenía un ventanal grande que el sol bañaba toda la tarde. Al fondo, el pasillo se ensanchaba y formaba un cuadrado que daba paso a tres habitaciones, los estudios de ambos y un baño. A la derecha unas escaleras subían al desván donde almacenaban la fruta y otras cosas, sobre todo aquellos libros que ya no consultaban y de los que no se querían desprender, a pesar de que ya sólo Rosa se acercase a desempolvarlos de vez en cuando.

Rosa subió las escaleras pausadamente. En el rellano superior había una ventana en cuyo hueco había colocado una jarra con tulipanes naranjas y amarillos. Le apasionaba cultivarlos, compraba los bulbos en una gran tienda de jardinería en la carretera que iba a La Coruña. Eran lo primero que veía, en estas estaciones de primavera y verano, al salir de su dormitorio por la mañana, en dirección al aseo, quizás, o a beber un vaso de leche fría en la cocina.

Entornó la puerta de su dormitorio suavemente. De la estancia se desprendía una gran calma. Las ventanas de la casa no tenían persianas, sino contras, que estaban entornadas, dejando que sólo unos resquicios de luz iluminasen la estancia. En la habitación no había espacio para más que para la gran cama y sus mesillas, además de para un armario junto a la puerta de la entrada, en el lado de Pedro, y un tocador del que no hacía mucho uso, hacia su propio lado. Una gran alfombra gris sobresalía por debajo de la cama, sobre las tablas.

Rosa bordeó la cama y se sentó junto a su mesilla. Con un pálpito desacompasado empezó a tirar de la manilla del cajón.

Allí estaban sus pañuelos de seda, sus collares de perlas cultivadas de colores. ¿Dónde estaba el paño azul que debía envolver su broche? Palpó todos los contenidos del cajón nerviosamente con su mano izquierda. No había duda. Allí no estaba. Había desaparecido.

Puso su memoria a trabajar. Un día, sí, recordaba, hace mucho tiempo, casi después de haberlo recibido como regalo, lo había subido al desván consigo, en el crepúsculo, para ver si sus piedras brillaban en la oscuridad. Y sí habían refulgido el esmalte turquesa y sobre todo la piedra azul del color del océano, que formaban tanto las escamas de la cola como las alas. Nadar, volar. ¿No eran una misma cosa? Quizás las sirenas dormían – no sabía que estaban muertas – aburridas, sumergidas en un tedio infinito, porque se habían olvidado de que podían volar con sus alas y bucear con sus colas. ¿Cómo despertar a las sirenas? ¿Cómo despertar, al menos, a la suya? Debía sentirse responsable de su sirena, le había sido encomendada.

Y luego… ¿la había olvidado entre las manzanas y los libros, en algún arcón? Decidió subir a inspeccionar el desván en ese mismo instante. Cerró con cuidado el cajón de la mesita y caminó en torno a la cama y llegó hasta la puerta. Hizo girar el pomo con cuidado. No quería que Pedro supiese que estaba en el piso de arriba. Atravesó el pasillo de puntillas con las zapatillas en la mano, pues las tablas del suelo crujían mucho. Desde la ventana que había al pie de las escaleras que subían al desván, que estaba abierta, pudo ver que el sol, que se había hecho intensamente naranja, se acercaba hacia el ocaso.

Subió las escaleras del desván. Hacía tiempo que no había estado allí. Aquella habitación tenía una atmósfera y un silencio especiales. Parecía un lugar que no pertenecía al mundo que conocemos, sino a un mundo espectral rodeado de paz. Debía acordarse de subir más a menudo, aunque sólo fuera para leer acuclillada en el suelo, mordisqueando una manzana. Primero paseó entre los arcones rebosantes de manzanas y libros, algunas veces tomando un volumen en sus manos o cambiando alguna manzana de lugar. Al menos en la superficie de los arcones no se veía nada, sería cuestión de hundir sus manos entre la fruta y rebuscar. Pero no ahora. Era tarde. Debía prepararle la cena a Pedro. Estaría hambriento después de un día conferenciando.

Antes de volver a bajar se acercó al ventanuco que daba al jardín anterior. En ese mismo instante se puso el sol, pero ella no lo vio, pues el jardín anterior, como la cocina, como el estudio de Pedro, estaban orientados hacia el este. A la luz ya crepuscular que cubría aquellas comarcas dejó que su vista vagara por el paisaje. Los perfiles de las montañas y de las costas rocosas se desdibujaban, las ventanas de las casas lejanas sólo albergaban sombras.

Rosa volvió la vista a su propio jardín. Al fondo, bajo los frutales, estaban su silla reclinable y su colcha. No se oía a ningún pájaro. Su gata Amelia se paseaba perezosamente con el rabo bajo. Entonces miró hacia el jardín de Camila y la descubrió sentada en una silla haciendo punto casi a oscuras. Aguzó la vista y le pareció distinguir que aún llevaba puesto el broche, el broche idéntico al que ella había perdido, que sujetaba su fino chal. Le pareció que Camila miraba hacia su propia casa un par de veces, pues ambas casas estaban separadas por una tapia no más alta que una persona, a ambos lados de la cual las dos amigas solían conferenciar. En este momento Camila levantó las faldas de su vestido casi por completo, revelando sus pantorrillas, que eran sensuales y firmes como las pantorrillas de las sirenas dormidas. Dudó si llamarla, pero luego lo desestimó. A través del aire le llegó, como un murmullo, el tono lastimero y bronco del cantar de Johnny Cash. Pedro seguía en su estudio. Se había hecho tarde. Debía ir a preguntarle qué tal le había ido el día en su conferencia en La Coruña y qué le apetecía para cenar. Podría prepararle rápidamente unos macarrones gratinados. Se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, olvidándose completamente de su sirena perdida.

Descendió por las escaleras del desván con rapidez. La puerta del estudio de Pedro quedaba justo enfrente y la abrió de golpe, sin llamar. La silla de Pedro, frente a la puerta, estaba vacía. Sobre el escritorio había depositado su bolsa de viaje, que todavía no había abierto. Pedro miraba por la ventana, hacia donde estaba Camila con la falda levantada, y en sus ojos había algo turbio, algo que parecía como nublarle la vista e incluso el entendimiento. Cuando Pedro se volvió y descubrió a Rosa, estática, la boca ligeramente abierta por la sorpresa, dirigió su mirada opaca hacia ella, y pareció que, desde algo que surgía de lo más profundo de su ser, la odiase.

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